Con los años, se aprende a relativizar

23 febrero, 2016
Con los años, se aprende a relativizar

Os voy contar una vivencia que me sucedió cuando estaba estudiando en la universidad de Pamplona, y que, gracias a la cerrajería Vizcay, tras esta pude entrar a dormir en mi casa. Lo malo es que me costó un gran disgusto y sacudir bastante mi bolsillo.

Parece increíble cómo un niño de unos quince o dieciséis años te puede fastidiar un fin de semana que a priori se presentaba tranquilo y placentero. Tal y como teníamos previsto una compañera de estudios y yo, fuimos al polideportivo a ver un partido de baloncesto femenino, del cual formaban parte varias amigas de carrera. Estábamos sentadas en las gradas, y todo transcurría normalmente hasta que, en un momento dado, alguien dio un tirón a mi bolso, que lo tenía encima de las piernas y con las manos sobre él. Me levanté y vi cómo algo más arriba iba una con niño con mi bolso en la mano. Grité y corrí tras él, pero nada de nada, no fui capaz de alcanzarlo.

Allí, en aquel pequeño bolso, se iban muchas cosas, que aunque parece que no tienen mucha importancia por separado, si te faltan todas a la vez te ves incapaz de poder hacer nada y te quedas casi aislada, porque ese niño en aquel bolso se llevaba mi cartera, y con ella, mi dinero en efectivo, con lo cual me dejaba sin poder llegar hasta mi casa, puesto que estaba lejos y tendría que utilizar el transporte público para volver pero no tenía con qué pagar el billete. Además, tampoco podría sacar dinero en un cajero automático, ya que las tarjetas del banco también se iban en la cartera, y por supuesto, mi documentación, me refiero a carné de identidad y al de conducir. Tampoco podía llamar ni avisar a nadie que viniese a recogerme, pues también se iba mi teléfono móvil. Asimismo, se fueron mis llaves de casa, con lo cual solamente me quedaba la opción de llamar a un cerrajero para que me pudiese abrir la puerta de entrada, cosa que finalmente tuve que hacer.

Estos objetos son las que más molestias me ocasionaron, pero sin contar que en ese bolso iban más cosas personales, como un libro que me acababan de regalar por mi cumpleaños, y el propio bolso que fuera otro regalo de mis padres por Navidades.

Con esto os quiero decir que seguramente ese niño que me arrancó el bolso, solamente iba buscando el dinero en efectivo que pudiese contener, que por cierto era muy poco, pues mi economía, como la de cualquier estudiante, no estaba demasiado sobrada, pero a mí me ocasionó un montón de gastos y papeleos, aparte del disgusto, puesto que tuve que poner la denuncia en comisaría de policía, dar de baja las tarjetas del banco, llamar a una empresa de cerrajería, renovar toda la documentación, y desde luego quedarme sin mis regalos, aunque al final aparecieron, ya que un buen día tuve una llamada de la policía diciéndome que podía pasar a recoger mi bolso y mi libro. Eso fue todo lo que quedó de aquel tirón, se ve que a los niños el bolso no les interesó y, por supuesto, el libro, tampoco.

Pero sentí una gran desazón. Me encontraba sola, en una ciudad lejos de mi casa, y de repente todo aquello se me hizo un mundo. No tenía forma de llamar a mi padres ni fuese por el teléfono de mi compañera, no tenía dinero si no era prestado, estaba triste por el robo del bolso, que, como os decía había sido un regalo…

Ahora, con el paso del tiempo, aprendes a relativizar esos pequeños disgustos que antes se te hacían un mundo. Quizás son las responsabilidades de la vida, el haber visto grandes desgracias con el paso de los años, pero es increíble como esas cosas ahora te resultan pequeñas. Si eso me pasase ahora, lo vería como un gran trastorno en el sentido de tener que repetir la documentación, perder el tiempo haciendo una denuncia… Pero realmente los años y las experiencias vividas nos hacen madurar y darnos cuenta de que estas no son las cosas importantes de la vida si por lo demás estamos bien y les podemos dar una solución.

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